-----------------------------f- PLATÓN Y LA REVOLUCIÓN EUROPEA. ~ DOCTRINA NACIONALSOCIALISTA

Difusión y estudio del Nacionalsocialismo. Formación doctrinaria de los simpatizantes.

viernes, 8 de septiembre de 2017

PLATÓN Y LA REVOLUCIÓN EUROPEA.



Por Adriano Romualdi[1].

Como ya se ha indicado el totalitarismo platónico evoca, aunque sólo sea por analogías formales, el totalitarismo europeo contemporáneo. Tanto en uno como en otro estamos ante la pretensión del Estado de guiar la vida del individuo, tanto en uno como en otro una idea se sitúa en el centro de la vida con la pretensión de sellar todas sus manifestaciones. Es cierto que Platón habría podido suscribir el eslogan mussoliniano «Todo dentro el Estado nada fuera del Estado, nada contra el Estado». Y es también cierto que habría podido escribir de su puño y letra una declaración como la aparecida en Pravda el 21 de agosto de 1946:
«El deber de la literatura es ayudar adecuadamente al Estado a educar a su juventud, responder a sus necesidades, educar a la nueva generación a ser valerosa, a creer en su causa, a mostrarse intrépida ante los obstáculos y preparada para superar todas las barreras…».
El totalitarismo platónico no nace solamente de la concepción del Estado como un macro-hombre, como unidad orgánica, sino también de la conciencia de la descomposición social, de la crisis de la ciudad griega que exigía soluciones drásticas, medidas urgentes y coercitivas. Nace de la conciencia de que la antigua clase dirigente estaba muerta y la nueva no estaba todavía preparada. Visto desde esta perspectiva, el totalitarismo platónico presenta relevantes coincidencias históricas con el totalitarismo moderno, surgido para sustituir las elites políticas derribadas por las revoluciones liberales. Ambos totalitarismos, nacidos de una meditación pesimista sobre el momento presente, acusan un optimismo fundamental. Creer que un Estado, una civilización, puedan ser salvados mediante el dominio de una sola idea es, ante todo, una manifestación de esperanza. Sólo se está dispuesto a reconocer una autoridad política ilimitada a aquel principio del cual se acepta, fielmente, su ilimitada bondad. En este sentido, el totalitarismo de Platón, la idea del Estado-organismo, se nos presenta cono un mito, como mitos son las concepciones de los Estados fascista, nacionalsocialista y bolchevique. Considerado en su líneas generales, el mito del Estado platónico puede relacionarse con las más diversas tendencias del totalitarismo moderno, sean éstas de derecha o de izquierda:
«En la República se puede encontrar la autorización a predicar la revolución social, la caída del capitalismo y el poder del dinero; pero igualmente puede encontrarse una justificación de la coexistencia de dos sistemas diferentes de educación, uno para los pocos y otro para los muchos, y una justificación de la clase dirigente hereditaria»[1].
Sin embargo, observando con más atención, el sentido del totalitarismo platónico nos obliga a hacer distinciones: no se trata de la tiranía de una clase o de una facción sino del gobierno de los mejores, los cuales, encarnado los valores heroicos y sacrales, pueden razonablemente pretender representar la totalidad de los valores del espíritu. Esta cualificación más precisa nos permite, sin embargo, rechazar toda posible vinculación entre bolchevismo y platonismo. En efecto, este último no es un Estado-totalidad sino una parte del todo, la más ínfima y plebeya, que pretende situarse como absoluto social y espiritual. La dictadura del proletariado constituye la inversión perfecta del ideal platónico. Más complejo resulta el discurso para el fascismo y el nacionalsocialismo que, si bien han ignorado la suprema exigencia de situar nuevamente en la cima del Estado valores trascendentes, también es cierto que han luchado por la creación de una elite heroica capaz de situar la política por encima de la economía e imponer una nueva jerarquía de los rangos. En cierto sentido representan un intento de remontar el ciclo de la decadencia de las formas políticas tal y como se halla delineado en la República.

Las relaciones entre platonismo y nacionalsocialismo merecen un consideración a parte. Es conocida la influencia ejercida por el platonismo sobre la cultura alemana de la primera mitad del siglo XX. El circulo que dirige el poeta-profeta Stefan George difunde una imagen heroica de Platón que no deja de influir en las corrientes políticas de extrema derecha. Así, izada la roja bandera de la esvástica sobre el mástil de la Cancillería, se eleva un coro de voces proclamando a Platón «precursor», «defensor del derecho de los mejores», «nórdico», «Gründer», «Hüter des Lebens» o incluso «Führer»[2]. Para la reconstrucción de la imagen de Platón en el III Reich resulta de interés el libro de Hans Günther, el máximo teórico nacionalsocialista de la idea «nórdica», dedicado a Platon als Hüter des Lebens: “Platons Zucht und Erziehunggedanken und deren Bedeutung fur die Gegenwart” («Platón como custodio de la vida. La concepción educativa y selectiva platónica y sus significado para nuestro tiempo»). En él se puede leer:
«No debemos dejarnos seducir por aquellos que definen la eugenesia como una ciencia “animal”. Fue Platón quien proporcionó al término griego “idea” su actual significado filosófico y quien con su doctrina se ha impuesto como fundador del idealismo… y ha sido precisamente el propio Platón quien, en tanto que idealista, el primero en definir el ideal de la selección»[3].
Para Günther, Platón es el salvador de la sangre elegida, el asertor de la vida como totalidad de alma y cuerpo. Para Platón, como para todos los arios primitivos:
 «…no existía nada espiritual que no concerniese también al cuerpo ni nada físico que no concerniese igualmente al alma. Esta constituye precisamente la manera característica de pensar del nórdico»[4].
En la concepción aria de la vida, interpretada por Platón, la nobleza de ánimo y la belleza comienzan a existir:
 «…cuando las tenemos ante los ojos, personificadas. Esta sana concepción genera el concepto helénico de la kalokagathía, de la bondad-belleza, y la kalokagathía no se considera como un modelo de perfección individual sino como algo mucho más vasto: una teoría de la cría de una humanidad superior. Sólo por medio de una selección, de la educación de una estirpe elegida, puede lograrse que la belleza y la bondad aparezcan un día personificadas ante nosotros»[5].
Resulta evidente que la interpretación nacionalsocialista de Platón es propagandística y unilateral. Pero, igualmente, algunas afirmaciones fundamentales son irrebatibles. Muy difícilmente se hubiese escandalizado Platón ante la quema de los libros «corruptores» o ante las leyes para la protección de la sangre. Evidentes influjos platónicos se encuentran además en la doctrina interna de las S.S., dedicadas a someter a una paciente selección física y espiritual a los futuros jefes, educados en los Ordensburgen, los «Castillos de la Orden» surgidos por doquier en Alemania. La “Ordnungstaatgedanke”, la concepción del Estado como Orden viril que se identifica con la voluntad política, se nos muestra como una revivificación de las ideas de la República.
Concluyendo, se puede afirmar que se encuentra una herencia platónica incontestable en los movimientos fascistas europeos. La identificación del Estado con una minoría heroica que lo rige, el ardiente sentimiento comunitario, la educación espartana de la juventud, la difusión de ideas-fuerza por medio del mito, la movilización permanente de todas las virtudes cívicas y guerreras, la concepción de la vida pública como un espectáculo noble y bello en el que todos participan: todo esto es fascista, nacionalsocialista y platónico a la vez. La evidencia habla por sí sola.
Hoy, consumida en una sola e inmensa pira la esperanza de volver a dar una elite a la Europa invertebrada, la enseñanza política de Platón parece lejana y casi perdida para siempre. Los valores económicos, que él colocó no en la cúspide sino en la base de la sociedad, se exaltan como soberanos. Burguesía y proletariado, Occidente y Oriente, capitalismo y comunismo proclaman al unísono la llegada de un Estado cuya única meta es el bienestar de los más. Aquello que Platón habría denominado como la parte apetitiva del Estado ha aplastado a la parte heroica y cognoscitiva. La civilización de las masas pesa como la opaca mole de las inmensas ciudades de cemento. Pero este mundo de las masas lleva en su seno los gérmenes de su propia descomposición. Por un lado, se asiste a una creciente especialización de las funciones, por otro, al nacimiento de una estructura cada vez más parecida a un mecanismo perfecto[6]. Entretanto, las masas, insertas en este gran mecanismo, vegetan en la comodidad en un estado de creciente abulia política. Surge así la posibilidad del dominio de una elite especializada sobre una masa satisfecha e indiferente. Escribe Nietzsche en “La Voluntad de Poder”:
«Un día los obreros vivirán como hoy los burgueses pero sobre ello vivirá la casta superior; ésta será más pobre y más simple pero poseerá el poder».
 Es una afirmación profética que proyecta en el futuro la visión de una elite platónica interiormente forjada por un moderno doricismo, habitando con sobria pobreza en el centro inmóvil donde accionan las ruedas del brillante mecanismo de la civilización occidental[7].

Llegados a este lugar, cuando estamos a punto de concluir estas notas introductorias, concédasenos el finalizar a la manera platónica introduciendo un mito. Un mito que no hemos inventado nosotros sino que se encuentra en las páginas de una novela de Daniel Halévy, “Histoire de quatre ans. 1997-2001”. Estamos en 1997: Europa se pudre en el bienestar y el libertinaje. La corrupción crece por lo que «heridos los centros de energía aria», la marea de los pueblos de color amenaza a los europeos decadentes. Pero he aquí que, un poco por todos lados, grupos de individuos se aíslan, dándose una estructura ascético-militar, una disciplina severa. En sus cenobios se recompone la antigua ley de la vida, vuelve a florecer el espíritu de obediencia y sacrificio. Alcanzando el poder, el grupo de monjes-laicos pone fin al desorden y a la corrupción democrática dividiendo la sociedad en las tres castas de asociados, novicios y sometidos. El esfuerzo del nuevo orden salva Europa, y la Federación Europea, fundada el 16 de abril de 2001, se prepara para marchar contra los bárbaros de Oriente. Hasta aquí el mito, un mito didascálico que no habría desagradado a Platón. Pero, en el mito y más allá del mito, el ideal político de Platón se mantiene como un elemento permanente de toda verdadera batalla por el orden. El perno de su sistema político está constituido por la exigencia de hacer coincidir la jerarquía espiritual con la jerarquía política, de asegurar al espíritu la dirección del Estado.

No sin motivo Kurt Hildebrandt ha podido titular su libro “Platón, la lucha del espíritu por la potencia”. Esta exigencia, formulada con tanta claridad por el más grande pensador de la Hélade y de Occidente, permanece en todo tiempo, al igual que las historias de Tucídides son  una conquista para la eternidad. Nadie como Platón ha sufrido por la ineptitud de la inteligencia, incapaz de dar un orden a la vida. Ha contemplado hasta en los abismos más insondables la tragedia de la escisión entre espíritu y vida, entre espíritu y poder político. Y nos ha mostrado la vía real que conduce más allá de esta trágica escisión: no la vana tentativa idealista de adecuar la política a esquemas abstractos, sino un esfuerzo heroico y disciplinado para infundir sangre y energía a la pura inteligencia, para confiar los valores del espíritu a una especie de hombre fuerte, templada, victoriosa. En la oscuridad contemporánea la doctrina de Platón arde como un fuego lejano que orienta nuestro camino. Hacia ella deberá saber mirar una nueva clase política resuelta a fundar el verdadero Estado, a dar a cada uno lo suyo, a imponer contra la tiranía de la masa y del dinero la nueva jerarquía.

Notas

[1] Thomas A. Sinclair, Il pensiero politico classico, Bari, 1961, p. 223.
[2] Sobre la imagen de Platón en la Alemania de este periodo véanse: J. Bannes, Hitlers Kampf und Platons Staat, Berlín y Leipzig 1933 y Die Philosophie des heroischen Vorbildes; C. Bering, Der Staat der Königlichen Weisen, 1932; K. Gabler, Platon der Führer, 1932; H. Kutter, Platon und die europäische Entscheidung; F. J. Brecht, Platon und der George-Kreis, Leipzig 1929.
[3] Platon als Hüter des Lebens, Munich 1928, p. 66.
[4] Op. cit., p. 39.
[5] Op. cit., p. 46.
[6] Véase J. Evola, Cavalcare la tigre, Milán 1961: «En el lugar de las unidades tradicionales – de los cuerpos particulares, de los órdenes de las castas y de las clases funcionales, de las corporaciones – conjunto de miembros a los que el individuo se sentía ligado en función de un principio supraindividual que informaba su entera vida, proporcionándole un significado y una orientación específicos, hoy se poseen asociaciones determinadas únicamente por el interés material de los individuos, que sólo se unen sobre una base: sindicatos, organizaciones de categoría, partidos. El estado informe de los pueblos, en la actualidad convertidos en meras masas, hace que todo posible orden posea un carácter necesariamente centralista y coercitivo».
[7] Una perspectiva similar se delinea en Der Arbeiter de Ernst Jünger: «Al igual que produce placer ver a las tribus libres del desierto que, vestidas de harapos, poseen como única riqueza sus caballos y sus valiosas armas, también resultaría placentero ver el grandioso y valioso instrumental de la “civilización” servido y dirigido por un personal que vive en una pobreza monacal y militar. Es éste un espectáculo que produce alegría viril y que hace su aparición allí donde al hombre se le imponen exigencias superiores para alcanzar grandes fines. Fenómenos cono la Orden de los Caballeros Teutónicos, el ejército prusiano, y la Compañía de Jesús constituyen ejemplos a tal efecto…». Citado en J. Evola, L’operaio nel pensiero di Ernst Jünger, Roma 1960, pp. 75.



[1] Adriano Romualdi fue un pensador y político italiano conectado al neofascismo.

Años de juventud

Nació en 1940, hijo de Pino Romualdi, el cual había sido vice-secretario del Partido Fascista Republicano durante la Republica de Saló, así como fundador en la post-guerra del Movimento Sociale Italiano (MSI). Adriano creció en un ambiente de confrontaciones de ideas, donde, por un lado, los vencedores de la Segunda Guerra Mundial construían una historia de acuerdo con su ideología, mas con un punto en común, desmerecer a aquellos que honraron el compromiso bélico de Italia hasta el fin, y por otro, los vencidos que intentaban mantener prendida la llama de la "otra Europa" más allá de las formulas liberales y marxistas que por aquella época discutían entre ellas anticipando la Guerra Fria.

Gran lector de libros de Historia, Adriano Romualdi se recibió de Licenciado en Historia, convirtiéndose en profesor de Historia Contemporanea en la Universidad de Palermo, donde convivió con politicos de relevancia como Augusto de Noce o Renzo de Felice. Sin embargo la personalidad que más influenció a Romualdi fue el filósofo Julius Evola, con quien se hará amigo e inclusive biógrafo.

Actividad política y cultural

Librandose de las cadenas de la nostalgia por el régimen fascista en la cual la mayoría de los nacionalistas italianos estaban encerrados, Adriano Romualdi leía Friedrich Nietzsche, Oswald Spengler, siendo que este último lo hizo despertar para el hecho de que el pequeño nacionalismo de cariz burgués estaba muerto.

Lejos de ser un intelectual, designación por él despreciada, Romualdi era un hombre de pensamiento y acción. Tradicionalista, pero para nada conservador, podemos definirlo como un "futurista", en todo el sentido de la palabra, o sea, él tanto admiraba el hecho de que los americanos habían colocado un hombre en la Luna, como el avance soviético en la antropología, sociología y psicología. Romualde se dio cuenta que era necesario la recuperación de la cultura por los nacionalistas, única forma de construir un "area política radical", capaz de hacer frente al adversario capitalista-marxista.

Hombre de excepcional inteligencia Adriano Romualdi contribuyó de forma indeleble para la evolución del nacionalismo revolucionario a través de la transmisión de nuevas formas de comprender la Historia y la política, o sea, para él, ideas, símbolos o lemas desprovistos de capacidad transformadora no serían más que estrategias ridículas, que irian al fracaso.

Romualdi fue también uno de los principales impulsores de la apropiación del término "Derecha" entre los nacionalistas, dado que en aquella época la designación de "derecha" fue escogida estrategicamente como para ser capaz de cautivar los amplios sectores sociales que no se identificaban con el conservadorismo vergonzoso de los Demócratas Cristianos. Romualdi buscó también encontrar un cuerpo ideológico al término "derecha", cuando explicó: "Qué significa ser de derecha? Ser de derecha significa, en primer lugar, reconocer el carácter subversivo de los movimientos salidos de la Revolución Francesa, sean ellos el Liberalismo, la Democracia o el Socialismo. Ser de derecha significa, en segundo lugar, detectar la naturaleza decadente de los mitos racionalistas, progresistas, materialistas, que preparan la llegada de la civilización plebeya, el reino de la cantidad, la tiranía de la masa anónima y monstruosa. Ser de derecha significa, en tercer lugar, concebir el Estado como una totalidad orgánica donde los valores políticos predominan sobre la estructura económica y donde el derecho de 'a cada uno lo suyo' no significa igualdad, sino igual desigualdad cualitativa. Finalizando, ser de derecha significa aceptar como propia aquella espiritualidad aristocrática, religiosa y guerrera que originó la civilización europea, y -en nombre de esta espiritualidad y de sus valores- aceptar la lucha contra la decadencia de Europa".

Europa-Nación

Mientras tanto, el concepto mas importante que Adriano Romualdi abordó en cuanto a lo ideológico fue la idea de la Europa-Nación. Como escribio Juan Antonio Llopart a este respecto: "Siguiendo los pasos de Drieu La Rochelle, Adriano Romualdi no creía en otro nacionalismo que aquel representado por la Patria Europea. Para Romualdi, el 'pequeño nacionalismo' es un simulacro, pura idiotez, un bonsai de la política convencional, que de ningún modo entra dentro de los parámetros definidos por un movimiento cultural y político, cuya finalidad estrategica sea la de vertebrar una alternativa de 'civilización' frente a los materialismo neoliberal y marxista."

Romualdi percibió perfectamente que el futuro solamente podrá ser garantizado a través de un regreso a las más profundas raíces europeas, aliado a los avances que la técnica y las ciencias modernas ofrecen, o por otras palabras, unir la tradición primordial con el futurismo, en oposición al conservadorismo reaccionario y al progresismo desenraizador, tesis recientemente actualizada y perfeccionada por Guillaume Faye, explicada en su obra L’Archeofuturisme.

Colaborador frecuente en las publicaciones nacionalistas italianas, fue también autor de diversas obras entre las cuales destacamos "Los Indo-europeos", "El problema de una tradición europea", y también la biografía de su maestro "Julius Evola, el hombre y la obra".

Adriano Romualdi fallece en agosto de 1973, en un trágico accidente de automóvil en Roma, con apenas 33 años de edad.
FUENTE: METAPEDIA.ORG



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